Obispos talibanes sustituyen a prelados conciliadores


Arriba, Juan María Uriarte, obispo ya dimisonario de San Sebastián y abajo, Carlos Amigo, cardenal arzobispo jubilado de Sevilla.

Ramón Mur

“El sentido común de Tarancón, que ya era entonces una obra de arte, hoy sería un revulsivo frente a los nuevos obispos talibanes de la Iglesia”, ha dejado escrito Manuel Vicent en su columna de la contra de EL PAÍS correspondiente a este domingo 22 de noviembre.

En efecto, el Vaticano nombra obispos talibanes a dedo, sin consultar a la comunidad diocesana. Así han sido elevados a nuevas responsabilidades episcopales los dos sustitutos de Carlos Amigo, para Sevilla, y de Juan María Uriarte, para San Sebastián.

Los nuevos prelados son retrógrados en doctrina, intolerantes y sumisos en todo a uno de los pontificados más conservadores e inquisitoriales de la historia. Roma ha cerrado hace tiempo el Concilio Vaticano II y no se presume que se puedan abrir las puertas de un tercero. Benedicto XVI gana de mano a Juan Pablo II, acepta de inmediato la jubilación de los obispos aperturistas, tan pronto como cumplen los 75 años, y cambia prelados conciliares y conciliadores por mitrados talibanes.

La Iglesia sigue mirando hacia atrás, alejada del mundo del primer tercio del siglo XXI. Lo precocupante no es cómo piensen políticamente los obispos, que todos piensan, por descontado. Lo nocivo para la Iglesia es cómo actúan en el ámbito doctrinal. Y, por el camino por el que hoy circulan los nuevos obispos, los talibanes, la estación término es especialmente perjudicial para los católicos.

Los obispos que hoy reaccionan de forma tan intrasigente en cuestiones que ya hace casi 50 años fueron abordadas con bastante tolerancia y serenidad en el Concilio, como el aborto, la homosexualidad y otras relacionadas con la fe y costumbres, al paso que llevan se van a quedar solos frente a una sociedad que sólo utiliza la Iglesia folclóricamente, para casarse a las notas de la marcha nupcial de Mendelson. En la actual fase involutiva y regresiva de la Iglesia Católica la primera y principal perjudicada, diríase mejor que la única, es ella misma y toda su comunidad de fieles creyentes en la doctrina evangélica. Los increyentes ni sienten ni padecen en estas situaciones. A los alejados de la Iglesia, que en el caso de nuestro país son la mayoría de los españoles, situación que nunca antes se había conocido, les da lo mismo que las diócesis estén en manos de obispos talibanes y conservadores o conciliares y conciliadores. Los preocupados, de verdad, son los católicos, cada día más divididos entre los partidarios de los talibanes y los que añoran una olvidada etapa conciliar de la Iglesia.

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