Adiós a la buena letra



Adiós a la buena letra
El uso del ordenador amenaza la escritura manuscrita, que ha sido desterrada por los
autores y degradada por su uso residual entre los jóvenes – ¿Tiene la caligrafía más
valor que el estético?
JAVIER RODRÍGUEZ MARCOS 22/10/2009
Desde que el ordenador y el correo electrónico terminaron con las cartas y las novelas manuscritas, la vieja
fórmula de la escritura -papel y lápiz- parece reservada a las escuelas.No obstante, la realidad digital de las
nuevas generaciones y la apuesta por llevar computadoras a las aulas puede poner en peligro ese último
reducto.
Desde que el ordenador y el correo electrónico terminaron con las cartas y las novelas manuscritas, la vieja
fórmula de la escritura -papel y lápiz- parece reservada a las escuelas. No obstante, la realidad digital de las
nuevas generaciones y la apuesta por llevar computadoras a las aulas puede poner en peligro ese último
reducto. Eso sí, lo que para un escritor puede no ser más que un medio, una simple herramienta, para un
estudiante puede ser un fin en sí mismo.
La mentalidad de los novelistas cambió hace tiempo. Como cuenta Gerald Martin, biógrafo de Gabriel García
Márquez, la trituradora de papel es, irónicamente, el electrodoméstico al que más servicio se da en casa del
Nobel colombiano. Martin, que estuvo en Madrid para presentar la versión española (editorial Debate) de su
monumental biografía, cuenta que en agosto de 1966, en cuanto comprobaron que el original
(mecanografiado) de Cien años de soledad había llegado a la editorial Sudamericana de Buenos Aires, el
escritor y su esposa rompieron y quemaron todas las anotaciones manuscritas en las que Gabo se había
apoyado para escribir la novela más traducida de la literatura hispánica después de El Quijote. Ante el
escándalo de filólogos, amigos y fetichistas, el autor de Aracataca recurrió al pudor. “Es como que te
sorprendan en ropa interior”, dijo ante la posibilidad de que aquellos papeles vieran la luz.
Con todo, casi 30 años más tarde, el propio García Márquez regalaría a Mercedes Barcha, su esposa, el
primer borrador de Del amor y otros demonios salido de su impresora, un gesto cándido que su biógrafo
oficial comenta así: “No parecía tener en cuenta que los borradores habían perdido buena parte de su magia
-incluida la financiera- en la era de la informática, puesto que el ordenador no permite advertir las huellas
genéticas. De hecho, el paso de la escritura manual a la máquina de escribir, y luego al ordenador, en parte
daba cuenta del desvanecimiento del aura del autor en la mente de los lectores, y quizá incluso de una merma
de la convicción en la mente de los propios autores”.
Hace mucho que la mayoría de los escritores cambió la pluma (o el bolígrafo) por el teclado, una tendencia
extendida al resto de la sociedad. La comodidad y el ahorro de tiempo son evidentes, pero ¿se escribía mejor,
es decir, más correctamente, cuando se usaba el bolígrafo? El semiólogo y novelista Umberto Eco encendió la
alarma el mes pasado a raíz de un informe que desvelaba que la mitad de los niños italianos tienen problemas
para escribir a mano. Siguiendo su propia terminología, Eco se mostraba bastante más apocalíptico que
integrado. Después de recordar que cada vez más jóvenes recurren a escribirlo todo en mayúsculas cuando lo
hacen directamente sobre el papel, el autor de El nombre de la rosa remontaba la decadencia a mucho antes
de la aparición de los ordenadores y los teléfonos móviles. En su opinión, aunque la pulcritud de la escritura
no asegura la brillantez mental, el largo declive de la enseñanza de la caligrafía en las escuelas ha ido minando
el aprendizaje de una habilidad psicomotriz que “favorece la coordinación entre mano y ojo”. Desviado por los
caminos del arte, Eco concluye que “la humanidad” terminará redescubriendo el valor estético de una
herramienta que un día fue imprescindible en Occidente, al menos, como dice la historia, desde la asimilación
helénica de la escritura fenicia alrededor del siglo VII antes de Cristo. Ya pasó, afirma Eco con bastante
largueza, con los caballos o la navegación a vela.
La alarma, con todo, no salta por la afición de un adulto a la caligrafía “artística”, sino por el destino del
aprendizaje de la escritura elemental. No es lo mismo caligrafía que ortografía. La ancestral mala letra de los
médicos es un ejemplo meridiano, y es el que pone Leonardo Gómez Torrego, investigador del Consejo
Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autor de la Ortografía práctica del español publicada por el
Adiós a la buena letra http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Adios/buena/letra/elpepisoc/…
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Instituto Cervantes y la editorial Espasa. En su opinión, el problema no está tanto en el medio (a mano o a
máquina) como en el modo de usarlo: la facilidad y, sobre todo, la velocidad pueden llegar a ser enemigos de
la corrección. “En el ordenador tecleamos de forma automática”, dice el lingüista. “Y no sólo eso, cuando
escribimos un mensaje electrónico o un comentario en un chat no acostumbramos a mirar atrás. Al escribir a
mano, sin embargo, vemos instantáneamente lo que estamos haciendo. Si además confiamos en el corrector
automático… Yo me llamo Torrego y se puede imaginar que el ordenador siempre me corrige: Borrego”. Pero
no hay que confundir erratas tipográficas con errores ortográficos, como avisa él mismo -“La demostración es
que uno recibe en el CSIC mensajes internos con errores cometidos a veces por gente cuya competencia me
consta”-, pero la falta de cuidado puede terminar convirtiendo la excepción en norma.
Para Gómez Torrego el peligro surge cuando el hábito de no releer lo que se escribe se da en un estudiante con
una “ortografía vacilante”. La popularidad de los SMS entre los jóvenes no hace más que contribuir a la
confusión: “Los chicos suelen decir: da lo mismo, nos entendemos. Y algunos colegas míos sostienen que es
una jerga, que no hay que darle importancia. Claro que es legítimo abreviar al escribir en un teléfono, pero si
no se forma bien, los adolescentes no sabrán cambiar de registro y terminarán escribiendo igual en un
examen que en el móvil”. Una de las soluciones está en rescatar una de las herramientas más antiguas de la
enseñanza de la lengua: el dictado. “Yo soy muy pro dictado”, dice el profesor Torrego. “Es una pena que se
hayan ido eliminando porque eso ha hecho que los niños tengan menos conciencia de la ortografía. Y no hace
falta caer en las aberraciones del pasado de hacer repetir una palabra cien veces si se había escrito mal. Con
cinco vale si se sabe explicar bien dónde está el error”. ¿Y si el dictado se hiciera a ordenador? “Ah, sería
interesante comprobar lo que ocurre. No soy psicólogo cognitivo, pero creo que un ejercicio así certificaría
que el gran problema es el propio mecanismo mental, la conciencia de lo que se escribe”.
Como señala el propio filólogo, la otra gran pata de la corrección ortográfica es la lectura. Y en ella insiste
Javier Alcaíns, escritor, calígrafo e ilustrador, que acaba de fundar su propia editorial (Javier Martín Santos
Editor) después de publicar varios libros -entre ellos una versión del Beato de Liébana- caligrafiados e
ilustrados por él mismo en la mítica editorial Moleiro, especializada en códices medievales. “A escribir bien se
aprende más leyendo que escribiendo”, dice Alcaíns, que, por paradójico que parezca, no da un valor especial
en estos tiempos a la caligrafía, digamos, artística: “Me interesa el libro bello como conjunto. Y si la letra
impresa es bella, perfecto. Yo empecé a caligrafiar porque la técnica no estaba muy desarrollada en ese
aspecto. Hoy sí”.
Aunque todavía sigue habiendo escritores -Juan Goytisolo, Carlos Fuentes, Antonio Lobo Antunes- atados al
bolígrafo, la mayoría disfruta de las facilidades que da el ordenador para corregir cada versión. Algunos
prefieren, no obstante, tener todos esos estratos simultáneamente delante de sus ojos y escritos de su puño y
letra. Es el caso de Luis Landero, que usa un código de hasta cinco colores en los originales de sus novelas.
Eso sí, no conserva un átomo de fetichismo hacia la escritura a mano. “¡Chorradas!”, dice en su casa mientras
saca de un cajón todo un bosque de cuadernos y folios garabateados -“¿Quieres un par de hojas?”- con el
manuscrito de su última novela, Retrato de un hombre inmaduro, que la semana que viene publicará
Tusquets. Otros autores, no obstante, mantienen una relación especial con el acto de escribir a mano. “Es el
tiempo adecuado para que descienda la inspiración”, afirmaba Luis Goytisolo el domingo pasado en la última
página de este diario. A lo que Javier Alcaíns responde: “Es que yo ya soy muy lento escribiendo a máquina”.
Fuera de los profesionales (los escritores) y de los aprendices (los estudiantes), la mayor parte de la gente
rompió su mayor relación con la escritura a mano cuando el correo electrónico dio la puntilla a la carta
manuscrita. No hay más que revisar el buzón a diario para comprobar que no contiene más que facturas. En
1948 Pedro Salinas publicó El defensor, un libro hoy clásico en el que reivindicaba, entre otras disciplinas en
peligro de extinción, “la carta misiva y la correspondencia epistolar”. Allí defiende la escritura manuscrita
frente a “lo escrito mecánicamente” porque, dice, lo segundo es imposible de relacionar con el modo de ser del
que escribe: “Cada cual tiene su letra, la suya, cuando escribe a mano; en la mecanografía ninguno la tiene,
todas son de prestado”. Después de recordar que en español la letra se llama también carácter (no sabía que
hoy un ordenador también puede contar caracteres, con o sin espacios), apuntaba que algunos psicólogos
-que han llegado a establecer variaciones de letra en función de la nacionalidad- encuentran en la escritura
manual la quintaesencia de lo expresivo.
Ése es el mismo mecanismo que destaca la escritora Juana Salabert, hija de exiliados españoles en Francia,
en el apego francés hacia el papel y el lápiz. Allí es frecuente que se pida al candidato a ingresar en una
empresa que presente su currículo escrito a mano. “Es algo que orienta sobre el carácter de quien escribe. Da
pistas sobre su capacidad de presentación y de orden”, dice Salabert, que además apunta una tendencia que
más que el símbolo de la recuperación de la caligrafía parece un síntoma de su agonía. La última lágrima de
Adiós a la buena letra http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Adios/buena/letra/elpepisoc/…
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la nostalgia. “Cada vez hay más empresas, incluidas las que venden modernidad, que mandan sus invitaciones
con el nombre del invitado escrito a mano”.
Salinas recordaba cómo el siglo XIX, “el gran siglo de la mecánica”, arrinconó la pluma de ave a favor de la de
acero. Sin contar con que 10 años antes de la salida de su libro el húngaro Laszlo Biro había patentado el
bolígrafo, el poeta español se preguntaba: “¿Será el siglo XX la palestra histórica donde se ventile
decisivamente la lid entre la pluma y la máquina?”. La respuesta esperaba en el siglo XXI.
Premio Nobel de fetichismo
En el futuro, las salas de las bibliotecas nacionales que exponen los manuscritos de los escritores ilustres
serán como máquinas del tiempo. Como cuentan en la oficina de Carmen Balcells, hoy la mayoría de los
originales que llegan a la agencia literaria más importante de la literatura en español lo hacen por correo
electrónico. Los fetichistas tienen ya pocos caladeros en los que pescar. Y casi todos están en el pasado.
La penúltima diatriba en torno al original de una novela con plaza en la historia de la literatura tuvo lugar
en 1987. Ese año el Gobierno de Cantabria devolvió a Camilo José Cela el manuscrito de La familia de
Pascual Duarte, un original que el novelista había regalado a José María de Cossío para reclamárselo
más tarde como herencia para su hijo, a lo que accedió su amigo. A la muerte de éste su archivo pasó a las
instituciones cántabras, que pelearon por conservar aquellas 200 cuartillas fechadas en 1942. La justicia
falló a favor del Nobel gallego y éste se comprometió a copiar de nuevo de su puño y letra, faltas de
ortografía incluidas, el libro completo. Y es lo que hizo.
Entre tanto, los seguidores de otro premio Nobel, de nuevo García Márquez, dieron la de arena cuando,
en 2001, nadie pujó por las galeradas de Cien años de soledad. Se trataba de 181 hojas numeradas con un
millar de correcciones originales. La casa de subastas encargada de la operación esperaba venderlas por
hasta un millón de euros. Una cifra parecida se había pagado meses antes en Londres por el manuscrito
del Ulises de James Joyce, pero, por mucho que llevaran la marca del genio de Macondo, parecía
demasiado por un puñado de hojas salidas de los talleres de una imprenta.

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