La pérdida de Ted Kennedy

Darío Vidal
(Artículo remitido por su autor).

Ha muerto un hombre bueno llamado Ted Kennedy, consumido por un tumor cerebral inoperable, al que el destino libró probablemente de haber muerto muchos años atrás, si hubiese accedido a la presidencia de los Estados Unidos como John, asesinado en 1963, o si lo hubiera intentado como Robert, que lo fue en 1968 durante la campaña electoral. La fatalidad o la fortuna, que no se sabe núnca de qué parte están, lo apartó del camino de sus hermanos cuando una noche de verano tuvo un accidente de automóvil en el puente de Chappaquiddick (Massachusetts) en el que falleció su secretaria Mary Jo Kopechne. ¿Lo recuerdan ustedes? No importa para lo que yo iba a decir: ayer sin ir mas lejos confundí a la ministra de Sanidad con la de Economía, descubriendo palmariamente que lo que me preocupa a mi, y a los españoles en general, no es la gripe fantasma sino la ruina real.El caso es que la imagen de Edward, habilmente maltratada por la propaganda republicana, quedó fuera de combate para una futura pugna electoral. Lo intentó en 1980, cuando Jimmy Carter lo hacía por segunda vez, pero en el pueblo bienpensante, religioso e hipócrita, pesaba más la sospecha de una venial aventura amorosa, nunca probada, que la condición de piadoso catequista del “cacahuetero” de Georgia.El más jóven de los Kennedy es el paradigma del lado más oscuro de la política. Un ser formado y diseñado para la gestión de la “res pública”, admirado, amado, valorado, respetado y envidiado en casa y fuera de ella, que nunca pudo llegar a la meta a causa de una maquinación bien urdida. Si el éxito es, antes que nada, el sentimiento íntimo del propósito cumplido, este hombre singular aparcado “sine díe” en su escaño del Senado, ha debido morir con una amarga sesación de fracaso.Pero esas son cosas de la moral cristiana, tan benigna con todo lo que no afecte al sexo. Al otro lado de Ted, rechazado de por vida –incluso siendo querido– por una sospecha de desliz adúltero, sentimental, erótico, carnal o lo que se quiera, está la figura de Bush jr. –mil veces mas nefasta que la de Bush sr. –alcohólico, incompetente, liquidador de los negocios familiares que se le encomendaron, despilfarrador de bienes patrimoniales, marcado por un pasado de feroz insensibilidad que le elevó al Guinnes por el número de sentencias de muerte firmadas durante su mandato como gobernador de Texas, con un cero redondo de conmutaciones o de atisbos de piedad incluso para los discapacitados. Mejor no hablar del después. Y, ahora, aún estamos en sus manos porque pueden vacunarnos con productos de “Gilead Sciencies” o de la “Roche” dándonos “Tamiflu” sin piedad.¡Cuando Ted Kennedy quería la sanidad gratuíta!

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