Ese rollo de la cortesía

Darío Vidal
(Artículo remitido por sus autor)

La primera vez que estuve en Inglaterra siendo aún estudiante, me sorprendió que cada cual fuera invisible para el otro, me sentía transparente, pero dado que provenía de una nación dictatorial, entrometida, policíaca y rural, se me antojó el colmo de la libertad y la independencia.

Sin embargo, no me satisfizo en absoluto la conducta de la gente en la proximidad, los pequeños recintos y los ascensores. Lo que en la calle era una expresión de respeto hacia el comportamiento ajeno, se me antojó de desprecio cuando se pretendia ignorar la presencia del prójimo/próximo. Así es que si se musitaba un tímido “good morning”, las presencias permanecían lejanas y las miradas, inmutables. Pero si alguno era tan descarado como quien saludaba, le miraban con la misma impertinencia de quien siente allanada su intimidad. Así es que, después del inicial desconcierto, pensé: “Pronto lo harán en mi pueblo”. Y así fue. Con el torpe mimetismo de los inseguros, nos pusimos a imitar los modales de los mejores, hasta escalar los puestos mas elevados de la grosería, la ordinariez y la mala crianza, para sorpresa y pasmo de nuestros hermanos de Sudamérica.

En un dominical de la pasada semana, se hablaba de la mala educación de los españoles. Lo hemos logrado por fin. Y aunque lo que yo diga pueda sorprender, ese comportamiento egoísta y desabrido tiene consecuencias en ocasiones, graves, como la accidentabilidad circulatoria y muchas veces las broncas de discoteca. A un tipo que, en una aglomeración, te pide acceso con un gesto, o un cortés “¿me permites?”, se le deja paso franco; en tanto que al que pretende forzarlo con un empujón, se le larga un guantazo. He ahí el arranque de una noche plácida y “de buen rollito”, o de una velada en que el “subidón” de adrenalina, adobada con testosterona y la acumulada irritación, puede terminar arruinando la fiesta con un rosario de conflictos.

Y todo comienza con no desear los buenos días, no dar las gracias, no pedir disculpas y no ceder el paso. Alguien me dirá que esos buenos deseos no son mas que hipocresía. No lo sé. Pero facilitan la vida. En cierta ocasión elogiaba a un japonés la extrema cortesía de su pueblo y me respondió sin dar importancia al elogio, que son tantos habitantes que sin extremar la educación no podrían sobrevivir, porque la convivencia resultaría imposible.

Algunos no lo entienden. En cierta ocasión una chica me acusó de machista por abrirle la puerta, pensando tal vez, la muy estúpida, que me la quería ligar. Pero lo cierto es que un gesto de amabilidad puede iluminar todo el día. Desgraciadamente esas muestras de buena crianza no las cosechan ya más que los “cooperantes” en los pueblos pobres, incultos y subdesarrollados a los que llevamos el progreso. Que Dios les ampare.

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