Una víctima propiciatoria del retroceso autonómico en Aragón

La falta de sensibilidad por la pluralidad lingüística en Aragón es el resultado directamente proporcional al claro descenso del espíritu autonómico detectado en Aragón durante los últimos años. Y la esperada Ley de Lenguas es la víctima propiciatoria de este retroceso autonómico.

La comunidad autónoma aragonesa, permanentemente desatendida por Madrid, gobierne el PP o el PSOE, ha crecido en los últimos años gracias al desarrollo de su Estatuto de Autonomía en el que casi nadie confiaba hace 25 años. Aragón logró mejorar de manera notable su Estatuto de Autonomía en 2007, gracias al empeño de todas sus fuerzas políticas representadas en las Cortes autonómicas. El PP receló en un principio de la reforma estatutaria impulsada por el Gobierno de coalición PSOE-PAR. Pero no se quiso dejar a nadie fuera de la reforma estatutaria y las cinco formaciones políticas con representación en la Cámara aragonesa apoyaron la reforma, aunque CHA no pudo pasar de la abstención. La inclusión del PP obligó a matizar tanto la reforma que algunos pensaron que la autonomía no crecía tanto cuanto le correspondía.

Mientras, Madrid, ahora con el gobierno socialista de ZP, antes con el popular de Aznar, sigue sin saldar la deuda económica pendiente con Aragón. En infraestructuras somos la cola de Europa. La financiación de las autonomías se confecciona sólo pensando en criterios de población y desatendiendo a una tierra envejecida y despoblada como es la de Aragón que, por otra parte, supone el 10% del territorio de la piel de toro que, si está vacío, tiene capacidad para recibir pobladores como ninguna otra demarcación territorial. El etcétera del ahogo estatal sobre Aragón es interminable.

Pero resulta que mientras Madrid nos aprieta hasta la asfixia, muchos aragoneses se empeñan en señalar que su verdadero enemigo está en Barcelona o en el resto de la superpoblada y vecina Cataluña. Y todo porque no nos devuelven unos bienes que no son propiedad de Aragón sino de la Iglesia Católica aragonesa, que no es lo mismo. ¿O es que algún iluso cree que cuando recuperemos las obras de arte sacro los aragoneses las vamos a administrar a nuestro antojo sin la bendición de la autoridad episcopal competente? El anticatalanismo fervoroso de muchos aragoneses se debe también a que han despertado ciertos sabios de la baturridad para denunciar que llamar catalán a la lengua que hablan 80.000 aragoneses es aceptar no se sabe bien qué tipo de imperialismo catalanista. Desde luego, la mayoría de los aragoneses que salen a la calle gritando “en Aragón no se habla catalán” sólo han hablado en su vida el castellano del baturro castizo. Y no entienden, o no quieren entender, que otros aragoneses tan aragoneses, y si preciso fuera tan baturros como ellos, piensan y hablan en catalán antes de desenvolverse en el castellano que también conocen como cualquier otro español.

Y es que el decrecimiento del espíritu autonomista tiene estas consecuencias. Ahora resucita el espíritu del 18 de julio, con cierta timidez en algunos, con mayor descaro en otros. Ahora está de moda rasgarse la vestiduras por la supuesta “imposición” del catalán, del euskera o del gallego en detrimento del castellano. Pero sólo unos pocos nos quejamos de que en los pueblos bilingües aragoneses de la Franja se nos imponga con total impunidad el analfabetismo en la primera lengua de estas poblaciones que no es otra que el catalán.

A quienes protestan contra el catalán tampoco les importa que tarde en llegar la Ley de Lenguas prevista en el Estatuto de Autonomía de Aragón. O, lo que es lo mismo, les importa un bledo que Aragón sea la única comunidad autónoma plurilingüe del Estado que todavía no tiene regulada por ley su realidad trilingüe.

Sólo el tímido interés personal de Marcelino Iglesias, uno de los alcaldes firmantes del Manifiesto de Mequinensa hace 25 años, hará que Aragón pueda contar con esta necesaria ley. Un presidente bilingüe, el único que va a conseguir permanecer 12 años consecutivos al frente de la Comunidad Autónoma de Aragón, no puede abandonar su cargo, tal y como ya ha anunciado, sin cumplir con esta prescripción estatutaria. Sería imperdonable. Pero lo va a tener difícil porque en este asunto del bilingüismo, el PAR, azuzado por el feroz anticatalanismo imperante, ha dejado solo a su socio de Gobierno en esta cuestión. Parece mentira en un partido que nació precisamente para impedir que la única voz política de Aragón fuera la de los macro-partidos de ámbito estatal. Es decir, que surgió para combatir el centralismo y fomentar el autonomismo aragonés.

¿Mereció la pena emplear tanta sapiencia política en la reforma del Estatuto de Aragón, que ha resultado modélica sobre el papel a los ojos de todos los expertos en derecho político y administrativo? ¿Para qué tanto esfuerzo si el espíritu aragonesista y autonomista decrece de forma alarmante? ¡Si ni siquiera el presidente parece demasiado dispuesto a utilizar una de las atribuciones que le concede el nuevo Estatuto como es disolver las Cortes y convocar elecciones en Aragón cuando le parezca oportuno y conveniente! La proverbial prudencia de Iglesias resulta decepcionante cuando se convierte en timidez y temor a actuar con audacia política. Y en este asunto de la Ley de Lenguas, la actitud del presidente, unida a la postura regresiva del PAR, no es nada esperanzadora.

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