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Relamiéndose ante las catástrofes

Javier Marías (EL PAÍS semanal, domingo 26 de octubre)

De un tiempo a esta parte, los periódicos, radios y televisiones llamados “serios” sienten verdadera pasión por escandalizarse, como si casi todos se hubieran contagiado de sensacionalismo, y, en la medida en que puedo juzgarlo, tengo la impresión de que la fiebre no se limita a nuestras fronteras: en Italia, Inglaterra y Francia, a cuya prensa me asomo de vez en cuando, también noto un regodeo enorme ante las malas noticias. Hay además una tendencia a convertir las regulares en malas, lo intrascendente en preocupante y lo preocupante en alarmante; a ver hechos graves y ofensas tremendas en cualquier majadería; a dar importancia a lo que poca tiene y a magnificar las fruslerías. A hacernos creer, en suma, que vivimos entre sobresaltos continuos y en un mundo siempre al borde del precipicio y el cataclismo. Se anuncia sin cesar “el fin de una era”, el “derrumbe del imperio”, “la invasión de los bárbaros” (que en lunes son los africanos y en martes los chinos, en miércoles los rusos y en jueves los parias de la tierra); o bien “la muerte de la novela”, “el término de la historia” (bueno, esto ya se quedó muy anticuado), así como caos, apocalipsis y Blade Runners varios, “la idolatría del dinero”, “la deshumanización del hombre” y toda suerte de supuestos desastres. Desde que tengo memoria, francamente, lo único que he visto avanzar de manera sostenida y de veras es el poder de las mafias, a las que los Estados, con sus prohibiciones suicidas, cada vez hacen más fuertes, hasta el punto de cederles parte de sus competencias y acabar fundiéndose con ellas. Hay lugares en los que no me cabe duda de que las mafias –no sólo las más folklóricas del narcotráfico, sino las de la construcción, los ayuntamientos, las obras públicas y la banca- son pilares del Estado. Pero en fin, se trata de algo ya antiguo, sólo que ha ido y seguirá yendo en aumento.
Esto, que podría constituir un auténtico escándalo, aparece sin embargo amortiguado en la prensa, lo que da idea de cuán normal en el fondo le parece a ésta. Y en cambio se rasga las vestiduras y hace cruces ante cualquier menudencia. La cuestión es vociferar histéricamente y mantener asustada a la gente. Es como si los periodistas necesitaran vivir “momentos históricos” sin pausa –y por eso repiten tanto esa cantinela que debería costarles el despido a cuantos la emplean, hasta para las mayores sandeces: “Este es un momento histórico: por primera vez, Raúl en el banquillo”- y “lo último” de lo que sea –y por eso también repiten tanto esa otra letanía que debería asimismo mandar al paro a cuantos recurren a ella: “Ha muerto el último grande”, titulan por el difunto Paul Newman, olvidando que dijeron lo mismo cuando murieron Gregory Peck, Robert Mitchum, Borges, Karajan, Chillida, Billy Wilder y todos los grandes que cada año caen como moscas, por edad sobre todo, en el campo de todas las actividades. Los reporteros se entusiasman tanto con las desgracias que parece que las estén deseando, y debo decir que últimamente se han unido con alacridad al club de los más desgarrados la Cadena Ser y el Canal Cuatro, empresas del mismo grupo que apadrina este diario, ustedes sabrán por qué lo hacen. Sea como sea, sólo faltaba una crisis mundial financiera para que todos los carroñeros se pasen la jornada salivando. Soy completamente lego en economía, y estoy seguro de que la situación es grave, pero también de que lo es mucho menos de lo que proclaman estos adictos a las catástrofes. Si los primeros veinticinco minutos de un telediario se dedican a informar de esta crisis, los espectadores acaban convencidos de que sus ahorros están en peligro y salen a comprar calcetines y huchas. Se abstienen de comprar todo lo demás, “por si acaso”, y aunque ellos no noten nada en sus bolsillos, se los tientan a cada segundo con pánico. Si se cuenta que un banco ha tenido beneficios del 12%, frente a un 30% del año anterior, la gente se lleva las manos a la cabeza creyendo que el tal banco ha perdido un 18%, cuando lo cierto es que ha ganado mucho, un 12%. Si se dice que el Ibex “acumula” una caída del 45%, todo el mundo lo ve como una plaga bíblica y nadie se pregunta por qué diablos se mide esa caída “desde el máximo histórico que marcó en noviembre de 2007”. Yo se lo diré: se elige ese día “máximo”, en vez de cualquier otro normal, para que todo parezca más calamitoso. Resulta muy eficaz, no cabe duda: a los ciudadanos los asalta una psicosis de “vivir un pésimo momento históricos” y de asistir “al fin de un sistema” o a “los últimos estertores del capitalismo salvaje” (más quisiéramos). Se aterran, no gastan, no salen, con lo cual provocan una crisis verdadera en los restaurantes, las tiendas y en todo el consumo en general. Nadie parece fijarse, en cambio, en que los bloques de anuncios en las televisiones que informan dramática y pesimistamente siguen siendo tan monstruosos y largos como siempre, pese a que la emisión de cada uno cuesta un ojo de la cara. O en que no ha disminuido el número de los de la página entera en los periódicos que titulan a cinco columnas “El crash de 2008”. O en que los paneles móviles de publicidad en los campos de fútbol (televisado) están tan disputados que no da tiempo ni a leer lo que cada uno pone antes de ser “movido” por un competidor impaciente. Quizá estemos todos arruinados este artículo llegue a sus ojos, pero de momento a mí eso me tranquiliza. O me escama, como prefieran.

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