El problema de no tener problemas

El bilingüismo de 80.000 aragoneses sigue siendo, por desgracia y a estas alturas del curso plural y democrático de nuestras vidas, más que una riqueza socio-cultural que cuidar, alimentar y regular, una polémica enconada que parece no tener fin. No pocos de nuestros gobernantes y administradores locales, comarcales y autonómicos consideran que la situación actual del bilingüismo en Aragón es vivida en los pueblos de dos idiomas sin el menor problema. Y hasta se preguntan si merece la pena tramitar y aprobar en las Cortes de Aragón la tan esperada y ansiada por muchos Ley de Lenguas si con ella se van a crear problemas donde no existen.

Quienes así opinan no parecen darse cuenta de que en los pueblos rurales muchas situaciones incongruentes se aceptan por pura alienación cultural. Dos mujeres van por la calle y la una pregunta: “Has vist los llençols que duu lo de Calanda a la plaça?” A lo que la otra contesta: “No, que encara no ho han pregonat” A los 30 segundos se escucha por los altavoces: “El que quiera comprar sábanas, el de Calanda en la plaza”. ¿Por qué se pregona en la lengua que menos se habla y no en la que más se habla? Respuesta inapelable: porque la gente acepta esta situación, a todas luces ilógica y hasta cómica, sin el menor problema.

Puesto que no hay problema lingüístico alguno en los pueblos bilingües, son otros los que vienen de fuera a crearlos. ¿Quiénes son estos supuestos intrusos, manantiales de conflictos? Ahí tienen a dos de ellos, fotografiados sobre estas líneas. Uno es el profesor Artur Quintana, filólogo de prestigio internacional que hizo su tesis doctoral sobre el “parlar” de estas tierras y reside medio año en La Codoñera. El otro, José Miguel Gracia, nacido en este mismo pueblo, presidente de la Asociació Cultural del Matarranya en la actualidad, ingeniero de profesión y literato otoñal en catalán, mil veces premiado en Aragón. Y todavía queda por ahí algún otro intruso más, proto-impulsor de problemas. Como el maestro que llegó de Zaragoza a un pueblo del que desconocía que fuera bilingüe. Con el mayor fervor profesional y la más alta solidaridad social, se le ocurrió plantear a los padres de los alumnos si no les gustaría que sus hijos aprendieran a leer y escribir no sólo en una de las dos lenguas que hablaban sino en las dos. En lugar de aplaudir su iniciativa por su sensibilidad hacia sus educandos, algunos acusan a este maestro de escuela rural de ser también creador de problemas donde no los había.

Y es que, como dice un viejo adagio castellano, “no hay mayor problema que no tener problemas”. ¿Qué problema existía en los pueblos, hasta no hace tanto, para cazar grivas con visc, una sustancia adhesiva en la que quedaban atrapadas por la panza? ¿O para cazar con hurón? ¿O para quemar rastrojeras, hacer hogueras y montar barbacoas en cualquier punto del bosque, o para talar árboles de forma indiscriminada? No existía el menor problema para realizar todas estas prácticas, hoy rechazadas desde el más elemental sentido común y prohibidas por las leyes medioambientales y de protección de la naturaleza. Apliquen este mismo discurso a la situación del bilingüismo en Aragón y díganme cuál es la conclusión a la que llegan.

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