‘Mierda de infancia’

Ramón Mur

Javier Sardà, apartado durante un tiempo de la televisión, ha publicado un libro cuyo título mueve el deseo de comprarlo. Al menos, en mi caso. De regreso a Zaragoza, escuché hace unos días una entrevista con Sardà por la radio del coche. Hablaba del libro que presentaba aquel día y que pronto estaría a la venta en las librerías. Dejé pasar un tiempo prudencial, pero la última obra escrita de Sardá tardaba en aparecer por los círculos libreros que frecuento. Fue divertido: “¿Oiga, tiene usted ‘Mierda de infancia?” “¿Cómo?” “Es el título del último libro de Xavier Sardá”. Tecleaban y la respuesta era la misma: “Sí, aquí está. ‘Ediciones B’, pero no, todavía no ha llegado”.

No siempre he compartido todas las opiniones de Sardà, sobre todo las relacionadas con la llamada televisión basura. El ex director y presentador del programa “Moros y cristianos” pasa por ser un gran defensor de esa ‘nueva’ forma de hacer televisión y me cuesta entenderlo porque pienso que la televisión de Sardà es menos basura, muchísimo menos, que otras. Sardá ha hecho pasar ratos de diversión pero también de información e incluso de instrucción a millares y millones de telespectadores con sus melonadas sapientísimas. Y su libro ‘Mierda de infancia’ está lleno de sabiduría, la sabiduría de la vida.

El último libro de Sardá es divertido, entrañable e invita a la reflexión. Merece la pena ser leído, ya lo creo que sí. Lo recomiendo a todos los seguidores de ‘Entre páginas’. Aconsejo su lectura pero no quiero desvelar su contenido. Me limitaré a transcribir uno de los párrafos de la conclusión ‘Post scriptum post mortem’: “Cuando digo que la mía fue una infancia de mierda, no es porque fuese huérfano. Lo digo sobre todo por el ambiente de esa época, por los malos tratos en la escuela, por una violencia social y política encaminada a cortar las alas y el futuro de mucha gente. Era el reino de lo cutre y el aislamiento”. Lo escribe y firma Javier Sardà en Canet de Mar, diciembre de 2011.

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Mil perdones

Ramón Mur

Por unas circunstancias u otras, he dejado un tiempo desatendido el blog ‘Entre páginas’. No volverá a pasar. Veo en el contador que no ha dejado de haber visitas, aunque no tantas como en épocas de continuadas entradas, como es fácil de suponer y entender. Alguno de mis asiduos, ha mostrado su preocupación por e-,mail: “Pensaba que estabas malo”.

No, no estoy malo. Estoy en el pueblo, en Bellmunt, aquejado de cierta mala novedad como que una fuga de agua inundó la mitad de mi biblioteca, la gorrinera del tio Garretes, en el número 7 del carrer del Forn. Y ocurre también que mi comunicación a internet es aquí más problemática que en Zaragoza. Tengo que desplazarme al bar para conectar al centro de internet rural de la Diputación Provincial. Total, que entre poner libros a secar “como si foren primentons” y otras gaitas, me he ausentado del blog. Pero no volverá a ocurrir, insisto.

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De profesión, cura

Ramón Mur

El anuncio publicitario que la Iglesia Católica, toda imbuída de santo marketing, ha difundido para el día del Seminario o de las vocaciones sacerdotales, nos acaba de descubrir que el sacerdocio católico no es una vocación sino una profesión. “Tendrás un trabajo fijo, un sueldo suficiente como para vivir sin apreturas si te haces cura”. No es textual, pero más o menos es lo que viene a decir la publicidad santa del día del seminario.

Nada dice del apostolado evangélico, de la entrega desinteresada al prójimo, de que el sacerdocio es un sacramento que imprime carácter y que es para toda la vida. De eso, nada. Nada de la doctrina teológica moderna y progre, pero tampoco, es curioso, de la más arcaica, tradicional y dogmática. Lo que interesa es proclamar que ser cura es tener un curro seguro y estar vestido y comido por lo servido. O mejor, mucho más que por lo servido.

Y tampoco dice el anuncio a costa de qué se obtiene el trabajo de cura. La Iglesia siempre ha captado adeptos mediante el engaño, a veces inocente, pero engaño al fin. En nuestro tiempo, iban los reclutadores de vocaciones por las escuelas de los pueblos con unas máquinas de cine super-8 y proyectaban en la pared campos de fútbol, frontones y otras instalaciones seminaristiles donde el chaval que se apuntara iba a cambiar su humilde vivir por otro en apariencia mejor. Pero hoy el marketing clerical debería decir que por optar a la profesión de cura se renuncia al matrimonio, a la vida en pareja, se obliga al candidato a abrazar el celibato de por vida y también, al menos, en apariencia. Y que uno tendrá sueldecico humilde asegurado pero no podrá tener hogar con mujer y familia porque, entre otras consideraciones, deberían advertir que esto de la profesión de curas sólo se oferta para los hombres, no para las mujeres. Es decir, que te haces cura y te ofrecen currelo fijo para tí y nada más que para tí. Porque el candidato a presbítero no puede aspirar a casarse con otra cura mujer y así en lugar de llevar a casa un sueldo aportar dos. Las mujeres en la Iglesia siguen siendo señoritas de compañía, de complemento, como mucho sacristanas.

Bueno, basta de rollo. El caso es que la Iglesia nos ha descubierto, a estas alturas de la vida, que el sacerdocio es más y antes que una vocación, una profesión. Como la de médico, pongamos por caso. Peor remunerada pero igual de segura. Porque curar almas es una ocupación menos rentable económicamente que curar cuerpos, pero mucho más productiva a la hora de ganar méritos para el cielo, para la vida eterna, que es la única que importa, según la doctrina tradicional de la Iglesia.

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“A poquetet”

Ramón Mur

Nos la están metiendo “a poquetet”, como dicen en Bellmunt. Y cuando nos demos cuenta de que nos la han metido gorda y hasta el fondo, entonces será tarde para reaccionar, para rebelarnos. Y como opina Javier Marías, “uno de los momentos más temibles en la historia de cualquier país se produce cuando a la gente empiezan a parecerle aceptables o incluso normales medidas o leyes que son completamente anómalas y de todo punto inaceptables. Suelen aparecer poco a poco, luego se van acelerando. Las primeras nunca resultan muy graves – aunque sean injustas, arbitrarias y sin sentido -, y por eso casi nadie se rebela. Pero cuesta creer que a estas alturas no sepamos que después de esas primeras vendrán otras peores, y que por eso hay que denunciar aquéllas, por inocuas que parezcan, y no consetirlas”.

La economía se ha engullido a la política y así están acabando con la democracia. Por la vía económica, sin montar ruido, con el argumento de que hay que ahorrar y recortar gastos, nos están recortando la libertad de pensar, de proceder, de comportarnos. Nos estamos cargando, “a poquetet”, lo más sustancial y constitucional de cuanto habíamos montado en más de 30 años de democracia recuperada y felizmente consolidada, como nos lo habíamos llegado a creer.

“Nada, tío, que estos del PP lo están haciendo de puta madre”, oí decir el otro día en un círculo de jóvenes que apenas llegaban a treintaañeros. Pues, ¡ale, ale!, por lo menos están contentos, creo que están inconscientemente felices, pero a ellos les vale. Porque hoy lo moderno es no pensar, vivir en la inconsciencia y en la irreflexión. Como ellos no ven el peligro que apunta Javier Marías, viven tontamente felices, pero felices porque, además, se lo creen. Se la están metiendo “a poquetet” y les gusta. Que les dure.

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Curas terrenales, arzobispos ¿celestiales?

Manuel Ureña, arzobispo de Zaragoza.

Ramón Mur

Han pasado ya unos días y ahora, con más calma, menos en caliente, quiero expresar la impresión que me produjo el funeral del pasado 3 de marzo por José Guarc Pérez, celebrado en la parroquia de San Mateo evangelista de Pinsoro y presidido por el arzobispo de Zaragoza, Manuel Ureña.

José Guarc, que se había retirado a su pueblo natal de Valdealgorfa, tras su jubilación y después de haber regentado durante 40 años, las parroquias de los pueblos de colonización de Pinsoro, Valdereñas y El Bayo, en las Cinco Villas, en las cercanías de Ejea de los Caballeros, falleció de forma del todo inesperada el pasado 24 de febrero. Sus amigos y admiradores, que somos muchos, nos quedamos con la sangre helada en nuestras venas, mudos, sin palabras para expresar nuestro dolor.

Todo sucedió con tanta rapidez y de forma imprevista, que yo tuve noticia de la muerte de Guarc, a los tres días de haber sido enterrado en Valdealgorfa. Supe, al mismo tiempo, que al sábado siguiente, 3 de marzo, se celebraría un funeral en Pinsoro, con presencia del arzobispo. Y allí me fui. Concelebraron con el primer mitrado de Aragón, el vicario general de la diócesis y seis curas más, algunos con cargo ministerial en la zona y otros con cara de buenos amigos y compañeros de José Guarc.

El humilde y austero templo de colonización se encontraba a rebosar de vecinos de los tres pueblos. La gente participaba en los cantos y en toda la liturgia de la celebración eucarística. Llegó el momento de la homilía. Monseñor Ureña se encasquetó la mitra y, desde el ambón del lado del evangelio, tomó la palabra saludando al vicario general, subrayando su título de “ilustrísimo”, al párroco de Egea, a los restantes sacerdotes concelebrantes, a los familiares del difunto y a los fieles asistentes en general. Recordó al sacerdote fallecido, siempre tuteado y conocido simplemente como Pepe o José a secas, como “don José”. Y ya al final de su prédica altisonante afirmó que “a pesar de ser sacerdote, don José también tuvo sus deficiencias”. El arzobispo acababa de cumplir con su misión: recordar, con esa diplomacia tan episcopal como nada santa, que el querido y jamás olvidado cura de Pinsoro, Valdereñas y El Bayo había sido un sacerdote no del todo bien visto por la jerarquía mandataria de la Iglesia Católica en la actualidad.

Y es que José Guarc fue un cura terrenal, pegado a la tierra, comprometido con el Movimiento Rural Cristiano, que se ganó la vida con sus manos y ejerció el ministerio sacerdotal no como profesión sino como auténtica vocación evangelizadora. Y eso, a la vista está, no es del agrado de los obispos, que parece como si se sintieran más celestiales que terrenales. Desde luego, estos obispos de la hora presente, como Manuel Ureña, no son de este mundo al que sí querían pertenecer los curas como José Guarc Pérez. En cambio el pueblo, el creyente y el no creyente, estuvo siempre del lado de curas como Guarc que “nos enseñó a vivir y conocer ‘otra’ Iglesia”, según afirmó una mujer que leyó una emocionante y sentida despedida al cura de la era postconciliar que ya no es la actual. Es decir, que José Guarc y otros como él fueron curas más queridos por la gente que por los mandamases de la Iglesia a la que pertenecían.

Que todo esto que escribo no es demagogia ni interpretación interesada, lo demuestra la escena que presencié al salir del funeral de Pinsoro. Los sacerdotes que habían participado en la concelebración estaban concentrados en las cercanías del templo, junto al arzobispo. Uno le decía a otro: “Yo no me quedo a comer”. Mientras, el arzobispo Ureña le decía a aquel conjunto levítico: “Todos somos hermanos sacerdotes, ¿no?” Curas terrenales, obispos no celestiales pero sí subidos al púlpito y la atalaya de la autoridad.

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Del tren queda la letra

Portada del libro sobre el ‘Tren de la Val de Zafán’ publicado el año pasado.

Ramón Mur
(Artículo publicado en el número 2 de la revista ‘Expresion Cultural’ de la asociación ‘Aragonex’)

El cauce del tren de la Val del Zafán, conocido en vida como “El Sarmentero”, está hoy convertido en vía verde para pasear, montar a caballo o viajar en bicicleta desde Valdealgorfa hasta Tortosa. Es lo que queda de aquel ferrocarril que llegó hasta Alcañiz durante 78 años, desde 1895 hasta 1973. Pero algo más perdura de él. Queda la letra. Las letras escritas por 41 autores en el libro coral presentado el pasado verano en La Parada del Compte, una de sus estaciones, que hoy ya no es estación sino hotel de turismo rural, de tierra adentro.

Es un libro escrito en los tres idiomas de Aragón: castellano, catalán y aragonés. Un compendio, por tanto, de “narrazions, escritos, relats”, tal y como reza el subtítulo de la portada en la que aparece una locomotora de vapor aparecida por la boca de uno de los muchos túneles que tiene el trazado.

Esta obra, editada por ‘Gara d’Edizions’, es una memoria escrita y una reivindicación. El recuerdo en letra escrita del tren perdido y la exigencia en papel impreso de que vuelva el ferrocarril a la tierra que lo perdió, al menos hasta Alcañiz.

El Bajo Aragón pidió ferrocarril a partir de 1841, cuando un monje exclaustrado del Real Monasterio de Nuestra Señora de Rueda, el padre Nicolás Sancho Moreno, fundó la ‘Junta Especial de Carreteras y Ferro-carriles’ del Bajo Aragón’. Más de medio siglo costó ver llegar el ‘Tren de Val de Zafán’, título del libro, a la estación de Alcañiz. Pero, al fin, llegó a la ciudad en la que tuvo estación principal y apeadero. El tren, sin embargo, desapareció. Falleció a los 78 años. Su resurrección no es esperada para los próximos tiempos, aunque sí deseada por miles de bajoaragoneses. Por el momento, del ferrocarril queda la letra y ¡ojalá! pronto se pueda decir que el “tren con letra entra”.

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Amargas lágrimas, las de Josep Pedrerol

Pedrerol, en animada con conversación con el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez.
Lluis Mascaró, izquierda, del bando culé, y Tomás Roncero, derecha, del merengón, frente a frente.

Ramón Mur

El Barça ha vetado al programa deportivo ‘Punto Pelota’ de la cadena de televisión ‘Intereconomía’, hermana del periódico ‘La Gaceta’ al que hay que agradecer que sus promotores se anuncien como lo que son: “Encantados de ser de derechas”. Para ellos, pues, pero no para los que ni somos ni estamos encantados, claro, de ser eso que no somos. Lo que ocurre es que ‘Punto Pelota’ es el programa menos intereconómico de todos los de la cadena o al menos lo parece. Y entre eso y que el deporte de los clásicos Madrid-Barça atrae más que nunca a este país angustiado por tantos motivos, pues he aquí que P.P. barre audiencias nocturnas y de madrugada hasta conseguir mantener despiertos a muchos forofos del uno al otro confín porque también es seguido en muchos otros países, fuera de España.

A lo que iba. El Barça ha decidido vetar la entrada a los periodistas acreditados de P.P. en sus instalaciones y el lunes a Pedrerol se le saltaban las lágrimas mientras uno de los contertulios intermitentes, el subdirector de ‘As’, Pedro Pablo Sanmartín, no pudo contener el llanto. Mal el Barça, por descontado. Pero mal también Pedrerol porque no es verdad que actuara con la lealtad y honestidad de que presume cuando envió una cámara y al reportero Quim Domenech a sacar confesiones sobre la renovación de Guardiola utilizando la mediación de Miguel García, el presidente del Hospitalet. Y, aunque lo de leer desde lejos palabras en la boca se haya hecho hace mucho ya, P.P. lo hizo con Guardiola y Tito Vinalova pero no con Mourinho y Karanka. ¿Por qué? Porque Punto Pelota es un programa más madrisdista que culé, en el que los partidarios del Madrid salen todas las noches al ataque mientras que los culés allí presentes, aunque convenientemente pagados, por descontado, tienen por misión defenderse y devolver golpes como buenamente puedan.

Digno, rotundo y conteniendo rabia, Pedrerol dijo el martes con la mirada fija en la cámara principal que “nos quieren callar pero no lo van a conseguir”. Mejor para todos si no se cierra el programa de cualquier medio de comunicación. Pero también dijo el Pedre que “sé que la gente en casa nos cree y nos quiere”. Enternecedor. Pues eso no. Nunca he visto P.P. fuera de mi domicilio sino siempre en casa trasnochando y yo ni creo mucho, muchísimo, de lo que se dice en el programa ni tengo afecto a todos los que allí vociferan. Diría mejor que sólo me gustan los que conversan y no gritan. ¿Por qué lo veo, entonces? Pues por la misma razón que leo muchos libros de autores que incluso detesto pero creo que debo leer. Y también veo el programa del Pedre para poder afirmar, como lo acabo de hacer más arriba, que yo, desde mi casa donde lo sigo, ni creo ni quiero a P.P.

Uno de los momentos culminantes del año en P.P. fue cuando Tomás Roncero representó la teatralidad de Alves, que provocó la expulsión de Pepe en uno de tantos clásicos como hemos tenido que sufrir. La concurrencia rió hasta desencajarse la pericia del reportero de ‘As’ cogiéndose la pierna dañada y retorciéndose, todo trajeado de negro y encorbatado, sobre el ‘césped’ del plató. ¿Alguien se imagina a un culé haciendo lo mismo en P.P.? Póngase como ejemplo al director adjunto del diario ‘Sport’, Lluis Mascaró, también tertuliano del programa de cuando en cuando. ¿Se imaginan al Mascaró, con sus gafitas de estudiante y estudioso pisando la mano de Pedrerol, como lo hizo Pepe a Messi en otro clasicote más reciente, mientras el director y presentador del programa acomodaba papeles en la mesa auxiliar?

El llanto de Pedrerol sorprende en un periodista catalán afincado en Madrid desde hace años. Ha tenido que tener tiempo suficiente como para haber aprendido que en la capital del reino tienen razón cuando dicen que los catalanes son todos muy malos, mala gente. Los buenos son los madrileños y madridistas, españoles sufridores a los que sólo les queda padecer los ataques constantes de la feroz Catalunya. Pues que el cielo los consuele, que los consolará, porque nunca se supo que a Castilla le faltara el auxilio celestial.

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