Por sus obras…

Martín Garitano, nuevo Diputago General de Gipuzkoa.

El acceso de Bildu a la Diputación de Gipuzkoa se vive en buena parte
de la ciudadanía vasca, más que con conmoción y escándalo, con sentimientos de espera y esperanza.

José Luis Zubizarreta
(Artículo remitido por su autor y publicado en EL CORREO el domingo, Bilbao 26 de junio de 2011).

El acceso de la coalición abertzale Bildu al gobierno de la Diputación Foral de Gipuzkoa ha debido de causar enorme conmoción en la opinión pública española, a juzgar por el trato que han dado a la noticia sus medios de comunicación. Sería en otro caso poco entendible que, de entre la maraña de informaciones impactantes que están llamando estos días a las puertas de sus redacciones sobre primas de riesgo, desplome de bolsas, bancarrota de países y crisis de la Unión Europea, la investidura de un modesto Diputado General de provincias hubiera podido ganarse un puesto tan destacado en sus primeras páginas o en la apertura de sus informativos.
Además, como suele ocurrir con las noticias de impacto, no todos han sabido resistirse a la tentación de sobrecargar de interpretación la información. Algunos, por ejemplo, en lugar de limitarse a constatar en sus titulares el triunfo de la coalición, han preferido ir más allá y convertir en sujeto principal de la noticia a quienes serían, según ellos, los causantes de la victoria abertzale. “PNV y PSE dan el gobierno de Gipuzkoa a Bildu”, es como han creído transmitir mejor a su opinión pública el meollo de lo que ha ocurrido. Así, si la información causaba sólo conmoción, la interpretación provoca, además, escándalo. ¡Quizá de esto se trataba!
Pues bien, con noticias que son ya de por sí calientes o explosivas, merece la pena esmerarse en el rigor a la hora de tratarlas, de modo que no se les añada mayor fuerza expansiva de la que les es propia. Y nada mejor para comportarse con rigor que atenerse a los datos desnudos. Dejemos, pues, sentado, para empezar, que nadie ha regalado nada a Bildu más allá del poder que sus propios electores le han otorgado. Ni el Tribunal Constitucional, a cuya sentencia también se ha apuntado como causante del supuesto desaguisado, ni el desacuerdo de otros partidos son responsables del triunfo electoral de Bildu ni de su subsiguiente acceso al poder foral de Gipuzkoa. La coalición abertzale no tiene más poder que el que el electorado le ha dado.
Tampoco es cierto, más allá de la mera aritmética, que el PNV y el PSE, aun cuando no le hayan dado propiamente el poder, sí habrían podido impedir que Bildu lo ejerciera. Y es que, cuando un partido casi dobla al segundo en número de escaños y acumula él solo casi tantos cuantos reúnen en conjunto el segundo y el tercero, resulta muy difícil de explicar al electorado la constitución de una alianza de perdedores para desbancar al ganador. Nada más que la confluencia de proyectos o la consecución de un importante objetivo compartido podría justificar tan anómalo comportamiento. Pero ninguna de las dos razones se daban en el presente caso. La primera -la confluencia de proyectos- quedó desmentida el día en que el PSE optó por gobernar la Comunidad Autónoma con el apoyo del PP pese a la mayoría electoral del PNV. La segunda -la consecución de un importante objetivo compartido- sólo podría referirse, o bien a la gobernación general del territorio, o bien al final del terrorismo. Pero ni en una ni en otro hay acuerdo suficiente entre los dos partidos como para pasar por encima de la abrumadora mayoría de la coalición abertzale.
En lo que al final del terrorismo se refiere, la duda de cuál es la actitud más conveniente a adoptar impide tanto al PNV como al PSE coincidir en una medida tan drástica como la de apartar a la coalición de la participación en el gobierno de las instituciones. Son conscientes además ambos partidos -y el PSE, pese a su aparente firmeza verbal, no menos que el PNV- de que tal duda no es exclusiva de sus órganos de dirección, sino que se encuentra firmemente instalada en su militancia y en su electorado. Quizá incluso en una notable mayoría de la sociedad. Todo indica, en efecto, que muchos ciudadanos vascos han entendido que una parte no pequeña del voto que ha cosechado Bildu se le ha dado a la coalición “porque ETA no mata y para que ETA no mate”, de modo que su cada vez mayor implicación en las instituciones es vista por ellos como una garantía del progresivo acercamiento de ETA al abandono definitivo de la violencia. Y es que la idea de que a mayor participación política de la izquierda abertzale menor posibilidad de actividad terrorista de ETA ha calado hondo en la conciencia de la ciudadanía vasca.
Así, pues, más que con conmoción y escándalo, podría decirse que el hecho del acceso de Bildu al poder foral se vive en buena parte de la ciudadanía vasca con sentimientos de espera y esperanza, mezclados también, cómo no, con los de temor y temblor. Nadie sabe, en efecto, cómo va a terminar algo que, desde muchos puntos de vista, tiene todos los visos de ser, más que ninguna otra cosa, una auténtica apuesta. Y, a decir verdad, los primeros síntomas no dejan de ser inquietantes. Porque la altanería, así como esa especie de estomagante superioridad moral, de que ha venido haciendo gala el nuevo Diputado General de Gipuzkoa desde que pronunciara el jueves su discurso de investidura no invitan a pensar que se sienta en absoluto incómodo -y, menos aún, arrepentido- respecto de un pasado personal que, juzgado con criterios de comportamiento democrático y del respeto debido a las víctimas, es cualquier cosa menos edificante. Esperemos que le podamos juzgar por las obras más benévolamente que por los dichos y que no tarde en caer también él en la cuenta, como buena parte de los que le han votado, de que el poder que se le ha concedido se debe a que ETA no mata y está condicionado a que no mate más en el futuro. De ello dependerá el acierto de nuestra apuesta, que es también la de muchos de los suyos.

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